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Fotografía ilustrativa del artículo
| 22 Jul 2026

La reinundación del mar de Aral, clave para evitar emisiones masivas de dióxido de carbono

Un estudio en el que participa la Universidad de Málaga demuestra que el lecho desecado del mar de Aral -situado en Asia Central, exactamente en la frontera entre Kazajistán (al norte) y Uzbekistán (al sur) es un componente clave del balance de carbono en este continente y una oportunidad de mitigación climática que ha pasado en gran medida desapercibida.

La desecación del mar de Aral está ampliamente considerada como uno de los mayores desastres ambientales de la Tierra. En su día fue el cuarto lago más grande del mundo, pero comenzó a desaparecer en la década de 1960 después de que los ríos que lo alimentaban fueran desviados para grandes proyectos de irrigación. Hoy se ha transformado en un extenso desierto salino, con graves consecuencias sociales y ecológicas.

Un nuevo estudio publicado recientemente en la revista Science y liderado por científicos del Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC), en el que también participan dos investigadores de la Universidad de Málaga, demuestra que el lecho desecado del mar de Aral -situado en Asia Central, exactamente en la frontera entre Kazajistán (al norte) y Uzbekistán (al sur)- no es solo un símbolo de pérdida ambiental: también es un componente clave del balance de carbono de Asia Central y una oportunidad de mitigación climática que ha pasado en gran medida desapercibida.

Carbono liberado y enterrado

El trabajo revela que los sedimentos expuestos por el retroceso del mar de Aral han liberado 748 megatoneladas de CO₂ a la atmósfera desde 1960. Al mismo tiempo, los investigadores descubrieron que una cantidad sustancial de carbono sigue enterrada bajo el antiguo lecho del lago y que la reinundación del sistema podría evitar la liberación de otras 605 megatoneladas de CO₂, una cantidad aproximadamente equivalente a casi tres años de las emisiones actuales de gases de efecto invernadero causadas por la actividad humana en España. Según los autores, conservar este carbono también podría tener un valor económico significativo en los mercados voluntarios de carbono, generando potencialmente entre 3.600 y 18.000 millones de dólares estadounidenses en créditos de carbono comercializables.

El mar de Aral se  ha transformado en un extenso desierto salino, con graves consecuencias sociales y ecológicas.

El trabajo revela que los sedimentos expuestos por el retroceso del mar de Aral han liberado 748 megatoneladas de CO2 a la atmósfera desde 1960

Así, los científicos del departamento de Ecología y Geología de la UMA Enrique Moreno-Ostos -profesor titular de Ecología- y Sofía Rodríguez-Gómez -investigadora predoctoral FPU- han tenido un papel clave en la expedición científica al Mar de Aral. Su trabajo sobre el terreno se centró en medir la emisión de gases de efecto invernadero (dióxido de carbono y metano) desde los sedimentos expuestos por la dramática desecación de este mar interior, así como en cuantificar la colonización por vegetación terrestre de estos sedimentos mediante tecnología de drones.

“Existe un tesoro oculto de carbono bajo el mar de Aral. Si estos sedimentos permanecen expuestos, el carbono seguirá liberándose a la atmósfera. Si el mar se reinunda, ese mismo carbono podría pasar de ser una fuente de emisiones a formar parte de la solución climática”, afirma el investigador del CEAB-CSIC Rafael Marcé, autor principal del estudio.

El carbono que sigue enterrado bajo el antiguo fondo marino y cuánto podría valer
Aunque una fracción significativa del carbono almacenado en los sedimentos del mar de Aral ya se ha liberado, el estudio destaca las 605 megatoneladas de CO₂ que todavía no han sido emitidas. Los investigadores describen este reservorio restante como una oportunidad de mitigación climática que hasta ahora había sido ignorada. Si los sedimentos continúan expuestos, este carbono seguirá escapando a la atmósfera. Por el contrario, restaurar una cobertura de agua sobre una parte sustancial del lecho desecado del mar podría detener este proceso.

Clave para la mitigación climática

El estudio explora el valor económico potencial de estas emisiones evitadas. Utilizando como referencia los precios del mercado voluntario de carbono para proyectos de uso del suelo y silvicultura en 2024, los autores estiman que evitar la emisión de 605 megatoneladas de CO₂ podría equivaler a entre 3.600 y 18.000 millones de dólares en créditos de carbono comercializables. Este hallazgo refuerza uno de los mensajes centrales del estudio: la restauración del mar de Aral no debería considerarse únicamente una costosa intervención ambiental, sino también una posible inversión climática con retornos medibles. La monetización del carbono almacenado en los sedimentos mediante créditos de carbono podría ayudar a movilizar financiación internacional, complementar los mecanismos existentes de cooperación hídrica y mejorar la viabilidad financiera de la reinundación.

Los científicos señalan: “La restauración suele debatirse principalmente en términos de costes y rendimiento económico. Nuestro estudio muestra que la protección de estas enormes reservas de carbono enterradas en los sedimentos también posee un valor climático que podría incorporarse a mecanismos de financiación basados en el carbono. Esto aporta una nueva perspectiva, expresada en un lenguaje familiar para la financiación climática y los mercados de carbono, y abre una nueva conversación sobre cómo podría financiarse la reinundación”.

La UMA participa en este trabajo a través de dos investigadores del Departamento de Ecología y Geología: Sofía Rodríguez-Gómez y Enrique Moreno-Ostos.

La UMA participa en este trabajo a través de dos investigadores del Departamento de Ecología y Geología: Sofía Rodríguez-Gómez y Enrique Moreno-Ostos.

El estudio también se apoya en investigaciones previas de científicos de Asia Central para analizar medidas prácticas que podrían aumentar las entradas de agua al lago, incluyendo una mayor eficiencia en el riego, la optimización de las infraestructuras de transporte de agua y una gobernanza más coordinada entre los países de la cuenca. Basándose en estos escenarios de restauración, los autores estiman que una inversión aproximada de 9.700 millones de dólares en mejoras de la gestión del agua podría incrementar suficientemente los aportes hídricos como para restaurar alrededor del 50 % de la superficie que tenía el lago en 1960, generando al mismo tiempo unas 323 megatoneladas equivalentes de CO₂ en créditos de carbono comercializables.

Los investigadores subrayan que la restauración completa del mar de Aral sigue siendo un inmenso desafío técnico, social y político. No obstante, sostienen que la financiación climática podría actuar como catalizador si se combina con una mejor gestión del agua, cooperación internacional y objetivos de restauración ecológica y social.

Aunque el mar de Aral es un ejemplo extremo, no es un caso único. El estudio apunta a otras regiones donde la desecación de masas de agua continentales puede tener consecuencias similares para el ciclo del carbono, entre ellas el Gran Lago Salado, el mar de Salton, el lago Urmía, el lago Chad y el mar Caspio, este último proyectado para experimentar una desecación sustancial en las próximas décadas.

El estudio fue realizado por un equipo internacional y multidisciplinar liderado por investigadores del Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC), con contribuciones, además de la Universidad de Málaga, de las siguientes instituciones: el Instituto Catalán de Investigación del Agua (ICRA), la Universidad Federal de Siberia (Rusia), la ONG Aral Tenizi (Kazajistán), la Universidad Claude Bernard Lyon 1 (Francia), la Universidad de Barcelona, la Universidad Autónoma de Barcelona, Geociencias Barcelona (GEO3BCN-CSIC), el Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA, UIB-CSIC) y el Instituto Leibniz de Ecología de Aguas Dulces y Pesca Continental (Alemania).

Metodología

La investigación forma parte del proyecto DryingLake, una iniciativa que estudia cómo la desecación de lagos y humedales afecta al ciclo del carbono mediante cambios en las reservas de carbono orgánico de los sedimentos, las emisiones de gases de efecto invernadero y la dinámica del carbono inorgánico. Los resultados se basan en datos de campo recopilados durante una expedición científica realizada en 2022 y en una metodología que combina análisis de sedimentos, mediciones directas de flujos de CO₂ y técnicas de teledetección, incluyendo datos satelitales sobre biomasa vegetal y fotogrametría con drones, para reconstruir la dinámica del carbono a lo largo de más de cinco décadas de desecación. Según los autores, estos resultados constituyen la evaluación más completa realizada hasta la fecha sobre estos procesos en un sistema acuático desecado y sugieren que sus efectos persistirán durante décadas.

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