Fotografía ilustrativa del artículo
| 25 Feb 2020

Plumas y mujeres con conciencia

El comercio de plumas para la decoración de sombreros femeninos se convirtión a finales del siglo XIX en un negocio perjudicial para determinadas especies de aves que veían diezmadas sus poblaciones en Norteamérica.

aves , conservación , mujer

Autoría: Marta Bueno Saz

Fuente: Mujeres con ciencia

¿Es posible encontrar una relación entre el Titanic y las mujeres con conciencia? Cuando el gran trasatlántico se hundió en 1912, la carga más valiosa que llevaba a bordo era un envío de plumas de avestruz. Incluso los diamantes tenían un precio más bajo que las plumas de algunas aves. El motivo de estar tan cotizadas se debía a la moda de llevarlas en los sombreros femeninos y cuanto más espectaculares, mejor. A veces, se adornaban con alas enteras o aves disecadas. Esto empezaba a ser preocupante porque algunas especies como la garceta nívea rozaban la alerta roja de una posible extinción.

John James Audubon, un famoso pintor de aves del siglo XIX, consideraba a esta garceta como una de las más bellas de Estados Unidos. Esta especie era abundante y se reproducía sin ninguna dificultad. En épocas de nidificación, se podía observar el interior de los nidos porque las ramas de los arbustos estaban tan saturadas que muchos huevos y polluelos quedaban a la vista. El pintor, amante de las aves, insistió ingenuamente en que éstas eran tan numerosas en Norteamérica que ninguna depredación podría acabar con ellas.


Sin embargo, la llamativa garceta nívea y otras especies de aves estuvieron a punto de desaparecer a finales del siglo XIX, cuando las mujeres comenzaron a usar sombreros adornados con plumas. El brillante plumaje blanco de las garcetas, especialmente los mechones de plumón parecido al tul que se conseguían durante la temporada de apareamiento, tenía una gran demanda.

El comercio de plumas era un negocio sórdido. Los cazadores mataban y desplumaban a las aves adultas, dejando que las crías huérfanas murieran de hambre o sirvieran de alimento a depredadores. Era común que una colonia de varios cientos de pájaros fuera atacada por los cazadores de plumas y destruida por completo en dos o tres días.

Los principales impulsores del comercio de plumas fueron las fábricas de sombreros de Nueva York y Londres. Las garcetas no fueron las únicas especies amenazadas. En 1886, se estimó que cincuenta especies norteamericanas estaban siendo diezmadas a causa de la moda del momento.

Con este panorama tan desolador, dos mujeres de Boston, una apasionada naturalista, Harriet Hemenway y su prima, Minna Hall, iniciaron una gran campaña de concienciación. Consultaron el Libro Azul de Boston, una especie de registro social, y organizaron meriendas con té y pastas en las que informaron a muchas mujeres sobre el cruel origen de los adornos de sus sombreros. Enviaron cartas a otras tantas informando y solicitando la afiliación a su recién estrenada sociedad para la protección de las aves, especialmente la garceta nívea. Unas novecientas mujeres se unieron a la causa de Hemenway y Hall. Con este éxito, ese mismo año organizaron la Sociedad Audubon de Massachusetts. En los dos años siguientes, se formaron sociedades Audubon en más de una docena de estados. Finalmente, en 1905 se creó la National Audubon Society.

Interponerse en el comercio de plumas era peligroso porque había muchos intereses económicos. El momento decisivo llegó en 1913, cuando la Ley Weeks–McLean puso fin al comercio de plumas. Esta Ley de Aves Migratorias, un hito en la historia de la conservación de la naturaleza en Estados Unidos, prohibió el mercado de plumas y el transporte interestatal de aves.

El empeño de estas dos mujeres acabó por fin con una práctica devastadora y sangrienta basada sólo en intereses económicos y modas absurdas. Hemenway y Hall hicieron caer en la cuenta a otras muchas mujeres del despropósito de las plumas en sus sombreros, informaron sobre las consecuencias de esta tendencia, dieron otra perspectiva a un gesto que parecía inocente. El sentido crítico y la sensatez se impusieron a la influencia del aspecto físico y las necesidades creadas por empresas sin escrúpulos.

Igual que ellas, ha habido muchas mujeres apasionadas por las aves que han pasado desapercibidas a juzgar por los libros de historia de la ornitología. Como en muchos otros campos del conocimiento, se podría pensar que solo los hombres estudiaron éste que nos ocupa. No es así y nombraremos a muchas mujeres ornitólogas que merecen ser incluidas en los libros de historia de la naturaleza. Una de ellas, Leonor de Arborea (1340-1404), da nombre al halcón de Eleonora. Era una jueza sarda muy respetada y en 1392 legisló la protección para halcones en la Carta de Logu, una de las leyes de protección de aves más antiguas.

Referencias:

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