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| 05 Jul 2016

Doñana, ¿paraíso inalterado?

Hace algo más de cien años que Abel Chapman y Walter J. Buck publicaron su “España inexplorada”, un libro de viajes por la España profunda, aquella a la que no llegaban ferrocarriles o carreteras y había que ir a pie o a caballo. Buscaban naturaleza salvaje donde cazar y ver pájaros, y España era para ellos el país más silvestre y desconocido de Europa, un paraíso con más de la mitad del territorio cubierto de monte y lleno de animales. Tenían especial predilección por Doñana, a la que dedicaron casi la cuarta parte del libro y donde acabaron arrendando una finca de caza, las Nuevas. Esta visión tan romántica de la naturaleza salvaje ha calado en el imaginario popular, que se cree que Doñana es un lugar totalmente silvestre en el que el hombre apenas ha intervenido y que por tanto apenas ha cambiado a lo largo de los siglos. ¿Es esto cierto? ¿Era Doñana un lugar inexplorado en tiempos de Chapman y Buck?  ¿Es un lugar apenas modelado por la mano del hombre?

Paseo por la mañana en la playa. Anton mauve. Rijksmuseum.

Paseo por la mañana en la playa. Anton mauve. Rijksmuseum.

A finales del siglo XIX Doñana no era un lugar inexplorado ni mucho menos. Lagasca y Boutelou entre otros botánicos la habían visitado y herborizado en varias ocasiones; Machado había publicado a mediados de siglo catálogos de peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos y Luxán su geología, que incluía apuntes de las posibles transformaciones del estuario y el litoral. Poco después (1855) se realizó un estudio pormenorizado del río y el estuario con vistas a un posible dragado. Pero es que en el siglo anterior el Duque de Medina Sidonia, propietario de Doñana y hombre ilustrado, encargó una descripción detallada de la flora y la fauna que incluía el conteo de todos los árboles y una lista de especies animales y vegetales que se conserva en su archivo.

Tampoco era un lugar apenas tocado por la mano del hombre. Desde la conquista cristiana en 1262 hasta la creación del parque en 1969 ha sido coto de caza mayor y menor donde no solo se cazaba, sino que también se favorecía la caza introduciendo animales, controlando las alimañas, haciendo pequeños sembrados o quemando de forma controlada para aumentar la comida. Siempre ha habido pastoreo de vacuno: los toros que Hércules le robó a Gerión estaban allí, y allí continuaron las vacadas del duque y de los pueblos de alrededor hasta la actualidad. Desde época árabe hasta ahora se han criado caballos. La ganadería de cerda de los vecinos de Almonte entró en 1630 y allí se mantuvo hasta mitad del siglo XIX. Se cortaba madera para vender y para construir las chozas y apriscos de los pastores y para cubrir las necesidades de corcho y madera de la almadraba de Torrecarboneros, leña para cocinar y calentarse, barrón (Ammophila arenaria) para techar. En los caños y lagunas se pescaba y recogían sanguijuelas,  en la marisma se recolectaba almajo (Artrocnemum macostachyum) para hacer jabón. También se introducían especies. En el siglo XVI se llevó un rebaño de gamos a cargo de un pastor, que desaparecieron y reintrodujeron posteriormente, y en el siglo XIX se soltaron camellos que todavía estaban allí cuando Chapman y Buck la visitaron. En el siglo XVIII se plantaron viñas, moreras y frutales junto a Sanlucar, en Marismillas, y alcornoques en las arenas. Pero quizá la introducción mas espectacular ha sido la del pino piñonero (Pinus pinea), inexistente antes de 1700 y actualmente el árbol dominante. Primero se plantó en Marismillas (siglo XVIII), luego en los valles interdunares junto a la costa (Siglos XIX y XX) y por último en los arenales de tierra adentro. La explotación de la zona solo ha cesado tras la creación del Parque Nacional. Ya no se saca ni se introduce nada, solo quedan una piara de vacas marismeñas y algunos caballos pastando.

¿Ha cambiado Doñana durante este tiempo? Una barbaridad, entre otras cosas porque está en un estuario y los estuarios cambian mucho de natural. La marisma se ha colmatado (en época romana era un lago, el lago Ligustrino) y la línea de costa ha variado, como lo atestiguan las torres vigías construidas en la orilla a finales del siglo XVI y que actualmente están unas en el agua, otras en mitad de la tierra. Las arenas se han movido, y lo más espectacular ha sido la puesta en marcha de las enormes dunas costeras en el siglo XVIII, que se tragaron la mitad de la laguna de Santa Olalla y siguen avanzando. La vegetación ha cambiado mucho también. En los arenales antes del siglo XVIII dominaban alcornoques, chopos, sauces, fresnos y tarajes, junto con enebros y sabinas en las zonas mas secas. Pero todos fueron desapareciendo, junto con otras plantas potencialmente arbóreas como lentiscos, palmitos o mirtos, y actualmente son escasísimos, casi testimoniales. Las únicas que se mantuvieron fueron las sabinas, y los matorrales más efímeros como jaguarzos y brezos se hicieron cada vez más abundantes. Y empezó a aparecer el pino, plantado profusamente a partir de la segunda mitad del siglo XVIII y que actualmente es el árbol dominante. La fauna también ha cambiado, está documentada la desaparición de cisnes, grullas, cigüeñas negras y lobos. Así que el paisaje que contemplaron Chapman y Buck y que ahora vemos nosotros no tiene 300 años.

Aparato para medir el intercambio gaseoso entre la vegetación y la atmósfera en Doñana. Foto: Rocio Fernandez Ales

Aparato para medir el intercambio gaseoso entre la vegetación y la atmósfera en Doñana. Foto: Rocio Fernandez Ales

Y este cambio, ¿es natural o se debe a la mano del hombre? Pues de todo hay. La colmatación del lago Ligustrino hasta convertirse en una marisma es un proceso natural, aunque el hombre puede haberlo acelerado al poner en cultivo la cuenca del Guadalquivir. Que los pinos sean tan abundantes es culpa del hombre, que los ha plantado. Pero, ¿y el resto? Eso ya es mas difícil de saber, solo podemos hacer conjeturas. Los cambios de la vegetación muestran que la zona se secó progresivamente: desaparecieron especies que aman el agua y permanecieron o aumentaron las de sitios secos. Esto se puede relacionar con el aumento de años secos a partir del siglo XVI conforme avanzaba la pequeña edad de hielo y a que las arenas se movieron rellenando las zonas mas bajas, procesos ambos naturales. Pero no podemos descartar que el hombre haya tenido que ver, porque ese cambio de vegetación longeva por otra más efímera resulta sospechoso de ser el resultado de la explotación de la vegetación directamente o con el ganado. Además, la explotación pudo disminuir la cobertura vegetal y ser la causante de la movilidad de la arena. No lo sabemos a ciencia cierta porque no había allí nadie midiendo el proceso.

Pero de ahora en adelante si que nos vamos a enterar, porque Doñana es una de las zonas elegidas para estudiar los cambios en los ecosistemas a largo plazo (LTER), como podrán ver en este artículo publicado en el último número de ECOSISTEMAS. Porque Doñana sigue cambiando. Al dejarse de explotar la vegetación se está haciendo más densa. La sabana con sabinas dispersas que yo conocí en 1972 ahora es casi un bosque cerrado, señal de que el paisaje era así porque el hombre andaba toquiteando. Pero las zonas más bajas y húmedas no dan señales de convertirse de nuevo en un alcornocal con álamos y demás amantes del agua como fueron antaño. Es más, el brezal característico de las zonas mas húmedas está desapareciendo, al igual que las lagunas. La laguna del brezo que yo conocí con agua es ahora un pinar. Doñana se sigue secando, y esta vez parece que por culpa del hombre, que está sacando el agua del acuífero que la mantiene húmeda para regar y para abastecer urbanizaciones. Y es que los ecosistemas no tienen límites, todo está conectado. Ese es el gran reto de la conservación.

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